- Por Dr. Jaime Morales, adherente de Compromiso Minero y académico de la Escuela de Ingeniería Química y director del Centro de Minería PUCV.
Tenía 27 años cuando hice mi primera clase, el año 2000, en la Universidad de Antofagasta, mi alma mater. Era ingeniero y, como muchos profesionales que comienzan a enseñar, llegué pensando que mi tarea consistía principalmente en transmitir lo que sabía. Con los años entendí que era bastante más que eso.
Un profesor también ayuda a sus estudiantes a imaginar dónde pueden estar mañana. En la conversación diaria, en una clase o incluso en una actividad práctica podemos mostrarles posibilidades profesionales que, muchas veces, todavía no conocen.
Quizás por eso es relevante que, según los resultados de TALIS 2024 difundidos por el Ministerio de Educación, un 90% de los docentes chilenos valore positivamente la formación que recibió para ejercer su profesión. Es una señal importante, porque enseñar también supone reconocer que uno nunca termina de formarse.
Lo he visto especialmente en estudiantes de ingeniería. Hace cerca de diez años desarrollamos un curso introductorio de Fundamentos de Procesos, que permite acercarlos desde temprano a los procesos mineros, metalúrgicos y químicos. Muchos llegan a la universidad sin tener completamente claro cómo será la disciplina que escogieron ni cuáles son los caminos profesionales que tendrán por delante. Y ahí ocurren cosas interesantes.
Cuando mostramos cómo una roca puede pasar por procesos de chancado, molienda y concentración hasta llegar finalmente a convertirse en un cátodo de cobre, aparece la sorpresa. La minería deja de ser solamente “sacar mineral de la tierra” y empieza a mostrarse como lo que realmente es: una actividad compleja en la que intervienen conocimientos, tecnologías y personas de muchas disciplinas.
También descubren que un ingeniero metalúrgico no trabaja únicamente con otros metalurgistas. Tiene que sentarse a la mesa con ingenieros mecánicos, eléctricos, informáticos, industriales y profesionales de muchas otras áreas. Incluso desafíos como el cierre o la remediación de un terreno requieren incorporar especialidades que, a primera vista, podrían parecer alejadas de la minería.
Por eso, una de las capacidades que más debemos fortalecer es aprender a trabajar con otros. Los estudiantes llegan con una buena base en matemáticas, física o química, pero el ejercicio profesional exige además colaborar, escuchar y entender que los problemas más complejos rara vez pueden resolverse desde una sola disciplina.
Pero formar a un estudiante no termina en prepararlo para encontrar un trabajo. Cuando converso con ellos sobre su futuro, muchas veces la primera expectativa es comprensible, trabajar, tener un buen ingreso y apoyar a sus familias. Sin embargo, siempre intento transmitirles que el desarrollo profesional debe ir acompañado del desarrollo personal. Un buen especialista también necesita aprender a relacionarse con otros, asumir responsabilidades y construir los valores con los que ejercerá su profesión.
Muchas veces vemos a alguien salir de cuarto medio, recibir su título universitario o asumir una posición importante y observamos solamente el resultado. Lo que queda menos visible es todo el proceso que hubo detrás, profesores que enseñaron, conversaron, escucharon, acompañaron y ayudaron a abrir nuevas posibilidades.
Después de más de 25 años haciendo clases, sigo volviendo a aquella primera experiencia en la Universidad de Antofagasta. Entré a esa sala pensando que iba a enseñar y terminé entendiendo que ser profesor también significaba aprender.
Porque enseñar no consiste solamente en entregar respuestas. También es acompañar, compartir experiencia y ayudar a que un estudiante pueda mirar un poco más lejos de lo que imaginaba cuando entró por primera vez a una sala de clases.
Quizás esa siga siendo la mayor satisfacción de ser profesor, saber que una conversación, una experiencia o una clase pueden contribuir, aunque sea un poco, a cambiar la trayectoria de una persona.
Fuente: Feedback